jueves, noviembre 16, 2006

Mi ascendiente malayo

Cuando era muy chica leía cuanto caía en mis manos. Cierta noche escuché hablar a mis padres después que habernos acostado. La niña ya lee todo dijo mamá. Mmm, contestó mi padre que estaba empeñado en hacerle un apunte al carboncillo. Tenemos que sacar algunos libros de aquí, insistió mi madre. Y a continuación recitó los nombres de los libros prohibidos. Papá estuvo de acuerdo y el fin de semana siguiente nos encaminamos hacia la casa de los abuelos con dos o tres cajas de cartón repletas con los tomos exiliados.

El asunto no me impidió leer nada porque mi tío puso los libros en la librera que estaba en su cuarto; cuando ya asistía al colegio me iba a pasar vacaciones a la casa que para entonces ya solo era de la abuela y me fue fácil leer los libros prohibidos. Pero aún le faltan dos años a la niña para poder contar esa historia.

Mi hermano mayor llevaba a casa toda clase de folletines y libros, además de los que nos compraban. Y en la biblioteca de la casa permanecían todos --una infinidad de libros-- que se habían salvado de la categoría no aptos para menores, en una de las pocas ocasiones en que mi madre actuó como Torquemada. Una Torquemada tropical y benigna.

Así, entre libros serios que francamente no comprendía del todo, pero que me fascinaban por las historias que se escondían entre sus hojas y que percibía a medias, y los folletines de mi hermano Ricardo, mis lecturas entre los cinco y los siete años fueron totalmente diversas y desiguales. No es que mis hábitos en cuestión de lectura hayan variado mucho en ese sentido. Continúo leyendo las cosas más disímiles, y no me arrepiento. Lo que no leo son los libros malos, por lo tanto, los best sellers no aterrizan en casa, salvo casos como Cien años de soledad, que se explican por sí solos.

¡Pero los libros de aventuras! Intercalados con los de Quevedo, que fue el primer clásico que leí por haber encontrado entre las páginas de un libro aquella prosa titulada ‘Gracias y desgracias del ojo del culo’, y luego, su hilarante Historia de la vida del Buscón llamado Don Pablos. Podía avanzar en la lectura de aquel castellano no muy contemporáneo porque mamá nos leía, con cierta frecuencia, de las cartas de Cortés, de Colón, y de otras crónicas de viajeros en América.

Me sentaba en el suelo de la sala con un libro de Góngora, que era todo un arcano. Reconocía las palabras, pero no lo que querían decir. Hasta años más tarde logré saber lo que escondían aquellas frases quebradas a propósito y sentí cierta superioridad cuando logré descifrar su ciencia.

Los libritos de Doc Savage, La Sombra, Nick Carter, El Fantasma, se confundían en mi mollera con otros autores más respetables: Karl May y Emilio Salgari. En los libros de este último encontré cierto sentido a algunos afanes míos que no lograba discernir en aquellos cortos años. Salgari escribía, a finales del siglo XIX, tremendas aventuras sobre piratas y aventureros que entraban a saco en mi fantasía.

Sandokan, el Tigre de la Malasia, el noble malayo a quien los ingleses afrentaron matando a sus padres y robándole el reino, formaba una cuarteta prodigiosa con Tremal-Naik, Yáñez y Kammamuri. Sandokan estaba iluminado especialmente por la luz del romanticismo y toda una novela fue dedicada por Salgari a describir las peripecias del malayo a fin de ganar el amor de la inglesa Mariana. Mariana, como suele suceder en la literatura romántica, murió y entonces un barco fue bautizado con su nombre. El Mariana, protagonista de fieras y sangrientas batallas en el mar.

Asistía a aquellos hombres en sus aventuras una cohorte de malayos, dakayos, siameses filipinos, indios, cochinchinos, javaneses y negros que eran audaces, feroces e invencibles y estaban dispuestos a dar su vida en el combate por recuperar las tierras que les habían arrancado los invasores. El exótico ejército se enfrentaba a ingleses, holandeses y españoles rapiñadores de tierra.

Mi idea sobre la libertad, desde entonces, se concreta en un barco. Y hay algunas personas que, con poca imaginación, han afirmado que mi protagonista Mariana es sólo la inversión de mi nombre. Pero no saben que el nombre de Mariana representa un barco, la libertad total, la rebelión, la sangre, el fuego y la lucha contra los imperios.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Maravilloso, Ana. Con el sabor añejo de las grandes obras literarias. Ahora entiendo porque en un mensaje me decías que te gustaba la cantidad de libros que había por aquí.
Un abrazo, buen fin de semana.

1:25 a. m.  
Blogger Jagilcorzo said...

Estimada Ana María:
Al terminar de leer tu maravillosa crónica, el nombre Mariana, me vino a la mente y busqué en mi pequeña biblioteca tu libro de cuentos "Mariana En La Tigrera". Leí de nuevo, con deleite, el cuento bajo el mismo título.
El mejor legado que te dejaron tus padres, fue el amor a la literatura.
Qué alegría, saber que eres la hija de un ilustre chichicasteco, amante de las artes visuales y literarias.

8:40 p. m.  

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