jueves, octubre 09, 2008

Monteforte

Lo conocí personalmente en los años ochenta, cuando regresó a Guatemala, luego de haberse instaurado aquí la democracia formal que no despega ni con canciones porque sí, mucho éxito macroeconómico, pero la pobreza nos ahoga, asunto que le debemos casi enteramente a la oligarquía, pero también a las recetas de los organismos financieros internacionales, cuyas fórmulas han variado sin que la crema de la crema nacional se haya dado por enterada.

Venía Monteforte de su autoexilio en México, pero le había dado la vuelta al mundo en varias ocasiones. De hecho, cada vez que la posibilidad de un viaje asomaba, hacía rápidamente su maleta. Durante varios años viajamos juntos a conferencias y festivales literarios, de manera que tuvimos suficiente tiempo para hablar de todo, sin que nos interrumpieran con sandeces.

Mezclábamos nuestros particulares asombros ante la pobreza intelectual de los tiempos. Nos pasmaban las casas despobladas de libros que proliferan en la actualidad, donde los cuadros -—difícilmente se les puede aceptar como arte—- que cuelgan en sus paredes han sido escogidos porque hacen juego con la alfombra o con el tapizado de los muebles.

Y aunque hablábamos mucho de literatura, de escritores, de pintores, me gustaba empujarlo a que hablara de sus viajes, de sus amigos, de las familias guatemaltecas que vivían en las ahora abandonadas casonas de la zona uno. Las anécdotas de Mario eran fabulosas, y me admiraba su capacidad mimética para adoptar voces y mohines con los que aderezaba sus relatos.

Me gustaba cocinar para él, soberano absoluto de la palabra y los relatos en algún grupo pequeño y familiar. Aun cuando en los últimos años de su vida había cambiado sus hábitos alimenticios, no desdeñaba un trozo de quiche lorraine o de cualquier otro alimento igual de contundente pero apetecible.

Mario pertenecía a una especie en vías de extinción. A esa variedad pertenecían mi padre y un buen número de sus compañeros de El Imparcial. Cuando entré a mi vez a ese diario, encontré a una serie de periodistas irrepetible. Eran intelectuales de verdad. Tan solo uno, entre ellos, había pasado por las aulas universitarias. Pero el que no fueran académicos no impedía que poseyeran una cultura inmensa, universal.

Mario pertenecía a esa estirpe que parece agonizar entre los oropeles del mercado y sus secuelas de ignorancia. Sin duda porque con él me era fácil retomar las conversaciones que se truncaron cuando mi padre murió, cuando desaparecieron sus colegas de El Imparcial, me aficioné a su trato. Poseía una vena irascible a la que le hice muy poco caso y que aprendí a eludir con ligereza.

Mis hijos, me dijo una vez en un avión de regreso a Guatemala, deben pensar en mí como en un dinosaurio, como algo muy raro. Son exitosos en términos económicos y debe parecerles incongruente un hombre como yo, que no posee nada excepto libros y cuadros.

Veníamos de una ciudad en cuyo aeropuerto varios académicos europeos se habían fotografiado a su lado, como si quisieran que se les pegara algo de su genio, de su claridad de pensamiento, de su arrojo para lanzarse a las más fantásticas empresas a pesar de su edad avanzada.

Me costó mucho llanto la enfermedad que se lo llevó de este mundo, y rehusé tercamente —-negación, dicen los psicólogos-— acudir al acto en el que sus cenizas fueron derramadas en el lago de Atitlán.

Pero en días como este, cuando la torpe claridad de las cinco de la mañana da paso a una luz celeste y fría, venida del norte con el viento que despeja el cielo de los nubarrones y la lluvia, mis seres queridos parecen descender al balcón de la biblioteca.

Y esta mañana ha sido Mario, asombrosamente joven -—como cuando fue presidente del Congreso, en una era fresca y lozana para el país—- y estaba acompañado de una mujer, joven también, de pelo rubio y ojos verdes. La princesa Yolanda de Italia, sin duda; la mujer que le robó el seso cuando apenas era un niño y vio su fotografía en una revista. Juntos, finalmente. Tomados de la mano se perdieron entre la luz del día.

jueves, septiembre 25, 2008

La añorada selva

La primera vez que fui a Tikal por tierra iba en un jeep que se cobró la tarea de acarrearme con un dolor de huesos muy focalizados en las articulaciones coxofemorales, por decir elegantemente el trasero. Pero el viaje valió la pena. Avanzábamos apenas por una especie de trocha en medio de la selva, cuyo palio verde se aclaraba hasta flirtear con el amarillo en la medida en que el sol subía por el cielo y que se tornaba casi negro al momento del atardecer.

A veces, para beber un poco de agua y estirar las piernas, parábamos el vehículo y entonces nos llegaban plenos los ruidos de la selva. Muy lejanos, los rugidos de algunos felinos. Los sonidos persistentes de los bichos que se unían en un zumbido uniforme, y algunos ruidos como de lanzadera, súbitos, en medio de los helechos y la vegetación de escasa altura. Las culebras, nos aclaraba el guía, pero por más que estirábamos el cuello, no lográbamos ver otra cosa que algunas ramas bajas moviéndose.

Los monos aulladores eran otra cosa. Recuerdo haberlos oído como a las siete de la mañana, y el instinto de conservación me hizo regresar al jeep con una celeridad poco usual. Mis compañeros se rieron de mí, pero al final admitieron que ellos también, la primera vez que escucharon sus bramidos, creyeron que eran fieras iban listas para atacarlos.

Recordé los hermosos libros de Rodríguez Macal y me parecía ver un andasolo en cualquier animalillo que cruzaba el camino con parsimonia, sin preocuparse por el ruido del motor y las exclamaciones nuestras. No conocían muy bien a los seres humanos y el vehículo era menos lento u ofensivo que un jaguar hambriento.

En determinado momento, el guía le oprimió un brazo al chofer, que paró el carro en seco y frente a nosotros, como si de una liana cualquiera se tratara, vimos a una serpiente verde y esbelta con ojos amarillo claro. Nos bajamos despacio, con miedo de hacer ruido, pero tan absorta estaba en la culebra que me doblé el tobillo al apoyarme torpemente en una piedra y el bejuco desapareció como por ensalmo.

Me echaron maldiciones y dejaron de hablarme como por una hora, hasta que el bochorno de la tarde los hizo olvidarse de cómo se habían perdido el fotografiar a la serpiente. Además, se oyeron de nuevo los aullidos de los monos y un lagarto atravesó el camino tan mansa y sosegadamente que todos se hartaron de tomarle fotos.

Si les dijera que nos tardamos casi 24 horas en llegar tal vez no me lo creerían.

La última vez que fui a Tikal llegamos apenas en unas siete u ocho horas, en un auto con aire acondicionado que avanzaba rápido por el camino asfaltado. A los lados de la carretera y a lo largo de todo el camino, había por lo menos dos kilómetros de terreno pelado. Comencé a llorar al nada más atravesar Fronteras y no volví a ver un animal sino hasta el día siguiente en Yaxhá, cuando los monos aulladores dieron las cuatro de la tarde.

Para entonces comenzaban a deshinchárseme los ojos. Pero ni aun así logre ver un andasolo.

jueves, septiembre 18, 2008

Salón de Belleza

La mujer entró a la habitación donde varias jóvenes se encargaban de alisar, teñir y aderezar a un grupo de señoras y señoritas que gorjeaban y reían sabrosamente. La mujer hizo un gesto de desagrado, llamó en voz alta, tal vez demasiado alta, a la muchacha que solía atenderla para ciertos menesteres y le ordenó: que el agua no me vaya a quemar, como la vez pasada.

Se descalzó y alcancé a ver, de reojo, unos pies anchos y ásperos que jamás podría haber sido el fetiche de hombre alguno. La pedicurista le quitó el esmalte de uñas y luego, casi haciendo una reverencia como las que se usan en las cortes europeas dejó a la clienta en remojo. Tráigame la última Hola, gruñó aquella princesa encantada a la que nadie había besado para quitarle el embrujo de sapo.

Retornó el ruido de pajaritos y de las secadoras. Una joven maravillosa se levantó y paseó por entre las sillas del salón, luciendo el recién peinado pelo antes de irse. No me vaya a dejar como a ella, dijo el sapo, digo, la mujer, echándole una mirada feroz a la peinadora, que se le acercó con cepillos y secadora en la mano. Es horrible un pelo tan tieso. Me lo alisa bien, porque la semana pasada cuando llegué al casamiento ya se me estaba acolochando, pero se fija que las puntas me queden para adentro.

La pedicurista se sentó frente a ella y comenzó su tarea de transformar aquellos ladrillos rojizos en algo aceptable. La mujer se quejaba, brincaba y regañaba a cada rato. De repente lanzó un grito y pensé que, ya fastidiada, la joven le había clavado algún instrumento, pero inmediatamente salimos, todas las presentes, de la duda.

¡Qué horror! ¡Cómo doña Letizia se hizo la cirugía plástica! Le ha quedado re ancha la nariz. Y los reyes de España ¿cómo permiten esas cosas? Ya fue terrible que se divorciara la hija mayor… ¿o no se divorció, chula? me preguntó directamente. No lo sé, respondí de mala gana. No leo esas cosas.

¿Cómo no va a leerlas? ¡Si todo el mundo las lee! Y los anteojos casi se le caen del susto. Entonces ¿qué lee, chula? Libros como estos, respondí y le enseñé un libro de Umberto Eco que mi nieto acababa de regalarme. Me lo arrebató, casi, y me lo devolvió enseguida sin duda porque no tenía fotos a colores. Volví a meter mi nariz en el libro y casi me olvidé de la vieja.

En realidad no es que haya sido vieja, es que esa es la palabra que usamos para hablar de quienes nos caen mal; y la mujer estaba haciendo todo lo posible por agriar el ambiente. Pero logré sacarla de mis pensamientos hasta que la voz martilló con insistencia. Ya no me hablaba a mí, sino al ambiente, como suelen hacerlo los políticos.

…y es que no hay nada más rechulo que Venecia. ¡Ay patojas, sobre todo esos hombres tan galanes que se lo llevan a uno a dar vueltas por los canales! Así tienen los brazos de anchos, y están tostados por el sol. Son re guapos. Lástima que yo iba con mi marido. Y soltó una risa que semejaba un graznido.

Pero donde sí me di gusto fue en Florencia. Tanto que me habían hablado de esa ciudad que preferí irme ahí aunque mi marido se regresara porque como que ya era mucho estar lejos de la finca. Me conseguí un guía de turismo que estaba hecho un mango. Y creo que le debo haber gustado porque me sonreía a cada rato. Pero Florencia es una ciudad muy triste. Se ve como amarillenta, como vieja. Y está llena de museos. A mí los museos me aburren, una pintura detrás de la otra, y como que se cansan los pies.

El que me gustó fue el David, grandote y galán. Ese sí que me lo hubiera traído a Guate. Si no fuera de mármol. Me tuve que conformar con los adornos que compré en Venecia, y una estatuita como el David. ¿Usté ha viajado a Venecia, chula? me preguntó.

Con flema británica le respondí que el doctor me tiene prohibido viajar. Pobrecita, fue su comentario. Pero debería ir a Houston, al centro médico de allá, tal vez otro doctor le dice otra cosa. Y de paso, se va a Miami, allí sí que se goza, chula. Hay un mall que uno no puede terminar de conocerlo en un día. Ni en tres días, siquiera.

Y como no le hice caso se volvió con la pedicurista. ¿Y usté que conoce, chula? Y la pobre niña se puso roja, roja, como si tuviera una fiebre altísima y solo logró decir Antigua antes de levantarse para ir a secarse las lágrimas a la habitación vecina.

domingo, abril 27, 2008

Revista Crónica, 1988

Mariana está sentada junto a la ventana. Cae una lluvia finita y la ciudad le parece más bella que de costumbre. Edificios altos, casuchas semi derruidas, el antiguo pueblo de San Gaspar, que jamás llegó a ser. El dulce costado de la zona ocho. A lo lejos, entre el azogue del agua y como flotando entre las nubes bajas, que descargan encima del lago de Amatitlán, está el Pacaya. No es perfecto, cambia de forma a cada erupción. Por eso es el que Mariana prefiere. Se parece a ella.

Hace unas semanas Mariana tomó el bisturí y cortó sin piedad. Le dolió pero tapó sus lágrimas con una sonrisa. Se le pronunciaron las ojeras bajo la capa de maquillaje y disfrazó su insomnio con lecturas y cable. Cambió de casa y le costó mucho trabajo hallar lugar para sus muebles, que no son sino restos de naufragios anteriores a ella.

Esta mañana le ha llegado un fajo de poemas. Los ha leído uno por uno, con el ojo crítico del escritor, como si no tuvieran nada que ver con ella ni con la cirugía reciente. Los ha botado a la basura considerando que es ahí donde deben estar, por razones literarias y por las otras.

No es este, piensa, un día para enturbiarse. Es un día para mecerse en él con suavidad, resguardada en la oficina, donde las cosas transcurren alegremente. Le llegan las voces de los jóvenes que retozan cerca de las computadoras. Sonríe de gusto y vuelve la vista hacia la lluvia. La cortina se espesa y el Pacaya va desapareciendo. Se fija en los que pasan por la calle. Van despacio, sin preocuparse por el agua, y Mariana se sorprende. Se queda viendo fijamente, para asegurarse de que aquel pausado caminar no es obra de su estado de ánimo. Un avión busca el aeropuerto y altera el silencio. Los autos van y vienen pero no llega hasta ella el ruido de los motores. Como la nieve, la llovizna actúa de silenciador.

Mariana piensa en cómo va a hacer para darle unidad a su libro de cuentos. Es el reto que le espera durante el próximo mes. No sabe si va a poder hacerlo pero, en todo caso, es algo que no le interesa ahora. Ahora, en este momento, su vida es una larga contemplación de la ciudad de Guatemala. Esa ciudad fea, sucia, desordenada, que no tiene nada que ver con París ni con Nueva York ni con Tokio. Esta ciudad que que le pertenece desde hace medio siglo, a la que ama con pasión y arrebato. Y piensa que algún día tendrá que cantarle todos los poemas que le ha compuesto mentalmente, celebrando su fealdad, su desorden, la mugre de sus calles, el desaliño de sus barrios pobres.

Si logró volver poético el lenguaje cotidiano, por qué no va a poder abrir los ojos a esta nueva estética de la ciudad tercermundista? Bajo la lluvia finita Guatemala sonríe y Mariana siente el calor de esta ciudad en la que, cuando llovizna, la gente continúa a su paso de costumbre.

domingo, noviembre 18, 2007

Enfermarse en Panamá

No quiero decir con esto que todos aquellos que se enfermen en Panamá tendrían que pasar por una experiencia similar a la mía. Lejos de mí querer estereotipar la realidad a fuerza de experiencias personales. Ni siquiera creo en que la gente tenga que pensar como yo pienso, mucho menos mostrar ortodoxia en cosas que van de la mano --si es que tuvieran-- de virus o bacterias, seres poco conocidos por mí excepto cuando deciden visitarme.

Panamá me encanta, a lo mejor porque me encanta la gente panameña y siempre estoy buscando un pretexto para visitarlo. Hace un par de semanas tuve la suerte de formar parte de un jurado calificador del concurso Ricardo Miró que se celebra cada año en aquel país maravilloso.

Panamá se me metió en el corazón el día en que, habiéndome olvidado el reloj en el hotel, pregunté la hora a un hombre en la calle. El tipo llevaba un reloj así de grande en la muñeca, pero lo que menos hizo fue verlo. Echó los ojos al cielo y me dijo que iban a ser las once.

La ciudad de Panamá respira junto al mar y tiene calles maravillosas donde los árboles disimulan el calor. Me encanta sentarme en algún café en el malecón, para ver los altos edificios de Punta Paitilla a mi izquierda y las edificaciones del casco viejo de la ciudad a mi derecha.

Es como estar sentada en la avenida La Reforma con vistas hacia Antigua Guatemala. Aunque tener tan disímiles paisajes a la vista desde el malecón lleno de luz hace pensar, y mucho, sobre los muy variados acercamientos a la vida en los países latinoamericanos. Desigualdades, que les llaman.

Los panameños, exagerados en afectos, en alegría y en locuacidad tienden a exageran también en el aire acondicionado. Por esa razón pasa una del calor tropical y de una humedad del cien por ciento al ambiente gélido de un témpano y con la sequedad del desierto. Más fino el lugar, más baja la temperatura.

El hotel donde viví por una semana tendría que ser de seis estrellas a juzgar por su clima. Y aunque en mi habitación apagaba el glacial aire y dormía con las ventanas abiertas, los numerosos cambios de clima allí y en otros lados hicieron de las suyas.

El viernes amanecí con fiebre. Temprano lo reporté a Arabia, mi enlace en Panamá, y pedí tales y tales medicinas, incluyendo un antibiótico. Conozco a la sinusitis y sus traidoras maneras. A las once de la mañana nuestra acompañante oficial apareció por mi habitación llevándome un antiinflamatorio en vez del antibiótico, jurando que eran lo mismo.

Como no tragué el cuento me informó que en Panamá los antibióticos necesitan receta para que los despachen las farmacias. Bien habría podido decírmelo a las siete de la mañana pero agradecí sus oficios. Llamé a la operadora y pedí la visita del médico del hotel.

Le deben haber ido con el cuento a la asistente, y mientras dormitaba con el sueño sobresaltado de la fiebre, dieron casi las seis de la tarde. A esa hora hubo llamadas apresuradas a la puerta.

Abrí y cinco personas penetraron a la habitación: Arabia, un empleado del hotel, una médica, un médico y un señor de mediana edad que hasta ahora no he podido comprender qué hacía allí, a esas horas. Entre los médicos comenzaron a indagar mi pasado y mi presente. Me tomaron la presión al menos tres veces, una vez en el brazo derecho y dos en el izquierdo, lo que me hizo sospechar de sus preferencias políticas.

Mientras los médicos se daban gusto revisándome, el empleado del hotel tomaba notas en un cuadernillo y la acompañante se metió al cuarto de baño. La vi por el espejo de la puerta revisar concienzudamente la habitación como si en ella fuera a hallar la causa de la fiebre.

Partieron todos luego de haberme recetado un antibiótico de caballo, de esos que se toman una vez al día por tres días, y cuando al fin me llevaron la medicina a eso de las diez de la noche, entre el delirio por la fiebre y los efectos del antibiótico pasé una noche espectacular.

A la mañana siguiente bajé temprano acompañada por mi maleta. Tenía que tomar un avión a las once de la mañana, y cuando el automóvil me conducía hacia el aeropuerto, aún con dolor y con fiebre, medité con cierta amargura que aún me dura que esa no es forma de despedirse de un lugar amado

sábado, noviembre 10, 2007

Climas destemplados, enero 2006

A través de los vidrios veo pasar unas nubes que podrían ser gordas si su tela luminosa no fuera estirándose, al correr por el cielo, por la prisa del viento norte. Hemos tenido unas navidades --que no acaban sino hasta el día de Reyes--, bastante tropicales y no ha sido sino hasta anoche que el viento comenzó a encresparse y a filtrar el frío por los resquicios de las ventanas del dormitorio.

Las cabañuelas, decían los abuelos; ahora sabemos que el asunto se refiere a las zonas de alta presión que chocan con las de baja presión y producen chubascos, calores y humedad alta. Prefería las explicaciones populares, anteriores a los satélites artificiales. Eran más poéticas y contenían suficiente magia para hacernos creer que el mes de enero, además de enfrentarnos a los apuros económicos, resultado de los despilfarros de Navidad, nos revelaba cómo iban a ser el invierno, como le llamamos a la época de lluvias, las sequías, los calores del verano y los diluvios inacabables de septiembre y octubre.

Sobre la magia hablábamos en la reunión a mediados de diciembre. El tema era Harry Potter, el niño fabuloso creado por J. K. Rowling y que ha llenado de ilusiones y de fantasías las cabezas de mucha gente en el mundo. Harry Potter, el niño mago cuyas acciones han invadido hasta el celuloide. Que ya no es celuloide, material peligroso porque puede incendiarse él solo y producir desastres.

Beatriz era la más entusiasta; los oscuros ojos le centelleaban a la luz de las llamas en la chimenea cuando me instaba a leer todos los libros de Rowling; Carolina trajinaba con el pavo, pero escuchaba atenta porque también ella posee la facultad de apreciar las quimeras que facilitan el tránsito por este mundo. Es preciso disfrutar de una inteligencia especial para deslizarse por entre las fábulas, los cuentos de hadas, los mitos, las leyendas. Quien posee esa capacidad ya tiene ganado un espacio interior amable y terso en donde se puede olvidar las asperezas habituales del mundo.

No sé si fue Andrés quien soltó de pronto que la película que se proyectaba en Guatemala en esos días está doblada al español y que por ello pierde la sagacidad y el sentido del humor británicos. Se me quitó el deseo de ir al cine y decidí alquilarla en video, deseo que aún no he cumplido porque los días se me han ido al lado de la familia y los amigos.

Pero ayer, cuando trataba de retornar a la vida diaria dando un rodeo para no recibir el regaderazo frío que supone el contexto nacional, entré a la red y me hallé, en la página de la BBC, con que los celosos miembros de la Iglesia Cristiana de Alamogordo, una localidad de Nuevo México, en Estados Unidos, habían festejado la entrada del año nuevo haciendo una inmensa pira con los libros de Harry Potter, porque son satánicos.

Pensé en los libros quemados en 1954 por los celosos funcionarios del mal llamado gobierno de la Liberación. Recordé la persecución de sacerdotes, monjas y catequistas en el país durante los años de la violencia. Volví a hacerme consciente de los fundamentalismos incrustados a la fuerza en esta tierra por los gobiernos de Estados Unidos y de Guatemala en su afán por destruir cualquier aspiración de justicia.

Armada de curiosidad me fui a la página de la tal iglesia cristiana y pude darme cuenta de que se trata de una empresa millonaria, que cuenta con más de media docena de cuadros visibles --hombres y mujeres, respetando la polítical correctness con que se encubren tantos desmanes en la Tierra-- que atiende cuestiones de divorcios, embarazos de madres solteras, que dirige grupos de solteros (no de los que ustedes imaginan) de matrimonios, y hasta posee una venta de ropa usada para los pobres por aquella certeza, firmemente anclada en la mente de los proclives a las obras de caridad, de que los pobres sólo merecen ropa usada.

Su cabeza espiritual, el pastor Jack Brock pronunció un fervoroso sermón antes de la quema de los libros, diciendo que tras la cara de ángel de Harry Potter se esconde el poder satánico de las tinieblas y afirmando que en realidad, Harry Potter es el diablo y está destruyendo a la gente.

Medito sobre estas cosas esta mañana, cuando escribo mi columna, la primera del año, y creo que es bueno estirar, hasta donde sea posible, el sentido tibio y amoroso de la temporada navideña, aunque sé que más tarde o más temprano, vamos a tropezar con las burradas de nuestros gobernantes, que serían solo eso, burradas, si no fuera porque estando donde están sus acciones cobran fuerza e importancia.


El nombre de Irak pasa raudo por el cerebro y logro espantarlo. Siguen las nubes corriendo por el cielo y el sol ha logrado traspasarlas, para hacer brillar los pinos de la Universidad del Valle. En unos cuantos días estaré en otra universidad, y serán los alumnos con sus rostros frescos y su curiosidad los que logren borrar, aunque sea sólo durante el tiempo de clase, los climas destemplados que van llegando.

martes, octubre 23, 2007

Escriba sobre nosotros, 2004

Cuando mi hija Sylvia tenía un año, me asaltó un pensamiento ominoso: ¿qué voy a hacer para criar bien a esta niña? Yo era muy joven y por supuesto, no sabía gran cosa. Había leído mucho, y llevaba seis años trabajando en un periódico, pero mi desconocimiento sobre la forma de educar a un hijo me producía vértigo.

En aquel momento pensé que no había nada que la verdad y la libertad pudieran empañar y tomé una decisión heroica diciéndome ‘nunca voy a mentirle a esta niña y la criaré con la mayor libertad que sea posible’.

Resultó que a la vuelta de los años crié no una sino tres niñas con aquella divisa: libertad y verdad. Libertad, por supuesto, con la dosis razonable de orden que necesita una vida cualquiera. En cuanto a la verdad, es cierto que en algún momento dije algunas mentiras blancas de las que aún me avergüenzo y que se irán conmigo a la tumba, no porque sean terribles sino porque son estúpidas. Y es la estupidez es casi tan innoble como la crueldad.

No me fue mal con aquella decisión tomada con una lucidez que hoy me parece asombrosa. Por el contrario, pienso que pocas madres habrá en este mundo que se hallen tan satisfechas con sus hijas.

La cuestión es que ahora, años más tarde, vuelvo a hallarme despierta hacia las dos de la mañana pensando en cuál será la mejor forma para criar niños y adolescentes en estos tiempos.

A finales de los años sesenta había utopías en el mundo. Fue la época de las grandes acciones libertarias y movimientos masivos que condujeron al final aunque fuera formalmente-- de la discriminación por razones de piel. Se sembraron las semillas para otras reivindicaciones. Cobraron auge mundial los movimientos feministas –aunque aún haya mujeres condenadas a la lapidación en los países más salvajes.

Criar hijos en los sesenta y en los setenta fue trabajo sencillo comparado con el terreno minado por el que caminan los padres de hoy, atrapados por un mundo que naufraga por la rapiña, la voracidad y el egoísmo como paradigmas de vida.

La fe iluminista en la razón, que se encargaría de resolver todos los escollos del mundo no ha justificado sus postulados. La ciencia, desde entonces sustituto de la divinidad, ha logrado avances portentosos, y parecería que hubiéramos vencido a ciertas amenazas para la vida humana, pero igual hemos abierto las puertas a otras hecatombes. Digo Hiroshima y Nagasaki y todos me comprenden, sin necesidad de invocar guerras bacteriológicas, conflictos por la anunciada clonación de seres humanos, inseguridad ante los alimentos transgénicos, etcétera.

Hemos ido a la Luna, y soñamos con vivir en Marte. No todos, por supuesto. Apenas unos cuantos poderosos que podrían escapar a la destrucción masiva por la imparable destrucción de los recursos naturales. Hemos ido al espacio, repito, pero hay millones de seres humanos que viven sin agua, en hambruna y enfermedad, sin esperanza. Y todo esto sucede cuando los hombres más poderosos son dueños de una riqueza como jamás la hubo en la historia humana.

Escriba sobre nosotros, dijeron mis nietos a principios de la Semana Santa, mientras nos asábamos en Likín. Y pensé que tenían razón, que jamás he escrito sobre el placer que me produce su presencia en el mundo, su variedad de pieles, el repertorio de sus gustos musicales, la facilidad con que van de la más pura alegría al enojo más deplorable.

Unas semanas antes, Cristina y Alejandro me habían preguntado cuál era la finalidad de la vida. Pensé que se trataba de la eterna interrogación sobre de dónde venimos y a dónde vamos. Pero la realidad era otra. Detrás de la pregunta inicial venía una serie de demandas sobre cómo llenar el vacío de sus vidas. El vacío de las vidas de casi todos los adolescentes de la tierra que viven la cultura occidental.

Los jóvenes, bien lo sabemos, son influenciables. Desde los medios de comunicación, los reclamos publicitarios y los temas light ofrecen los falsos paraísos de la moda, del consumo, del alcohol.

Durante su vida los adolescentes de hoy casi solo han sabido de la infame adoración del dinero y de las cosas. Y no logran articular mentalmente a estos falsos dioses con la violencia que produce el deseo de ser como los ricos y famosos, y tener carros veloces, y drogas y objetos suntuosos.

Escriba sobre nosotros, dijeron mis nietos en la Semana Santa, y aquí me tienen, a deshoras, escribiendo sobre ellos y sobre todos los jóvenes occidentales a quienes hay que criar en este mundo árido, artero y emponzoñado por las peores características que poseemos los humanos.