jueves, septiembre 18, 2008

Salón de Belleza

La mujer entró a la habitación donde varias jóvenes se encargaban de alisar, teñir y aderezar a un grupo de señoras y señoritas que gorjeaban y reían sabrosamente. La mujer hizo un gesto de desagrado, llamó en voz alta, tal vez demasiado alta, a la muchacha que solía atenderla para ciertos menesteres y le ordenó: que el agua no me vaya a quemar, como la vez pasada.

Se descalzó y alcancé a ver, de reojo, unos pies anchos y ásperos que jamás podría haber sido el fetiche de hombre alguno. La pedicurista le quitó el esmalte de uñas y luego, casi haciendo una reverencia como las que se usan en las cortes europeas dejó a la clienta en remojo. Tráigame la última Hola, gruñó aquella princesa encantada a la que nadie había besado para quitarle el embrujo de sapo.

Retornó el ruido de pajaritos y de las secadoras. Una joven maravillosa se levantó y paseó por entre las sillas del salón, luciendo el recién peinado pelo antes de irse. No me vaya a dejar como a ella, dijo el sapo, digo, la mujer, echándole una mirada feroz a la peinadora, que se le acercó con cepillos y secadora en la mano. Es horrible un pelo tan tieso. Me lo alisa bien, porque la semana pasada cuando llegué al casamiento ya se me estaba acolochando, pero se fija que las puntas me queden para adentro.

La pedicurista se sentó frente a ella y comenzó su tarea de transformar aquellos ladrillos rojizos en algo aceptable. La mujer se quejaba, brincaba y regañaba a cada rato. De repente lanzó un grito y pensé que, ya fastidiada, la joven le había clavado algún instrumento, pero inmediatamente salimos, todas las presentes, de la duda.

¡Qué horror! ¡Cómo doña Letizia se hizo la cirugía plástica! Le ha quedado re ancha la nariz. Y los reyes de España ¿cómo permiten esas cosas? Ya fue terrible que se divorciara la hija mayor… ¿o no se divorció, chula? me preguntó directamente. No lo sé, respondí de mala gana. No leo esas cosas.

¿Cómo no va a leerlas? ¡Si todo el mundo las lee! Y los anteojos casi se le caen del susto. Entonces ¿qué lee, chula? Libros como estos, respondí y le enseñé un libro de Umberto Eco que mi nieto acababa de regalarme. Me lo arrebató, casi, y me lo devolvió enseguida sin duda porque no tenía fotos a colores. Volví a meter mi nariz en el libro y casi me olvidé de la vieja.

En realidad no es que haya sido vieja, es que esa es la palabra que usamos para hablar de quienes nos caen mal; y la mujer estaba haciendo todo lo posible por agriar el ambiente. Pero logré sacarla de mis pensamientos hasta que la voz martilló con insistencia. Ya no me hablaba a mí, sino al ambiente, como suelen hacerlo los políticos.

…y es que no hay nada más rechulo que Venecia. ¡Ay patojas, sobre todo esos hombres tan galanes que se lo llevan a uno a dar vueltas por los canales! Así tienen los brazos de anchos, y están tostados por el sol. Son re guapos. Lástima que yo iba con mi marido. Y soltó una risa que semejaba un graznido.

Pero donde sí me di gusto fue en Florencia. Tanto que me habían hablado de esa ciudad que preferí irme ahí aunque mi marido se regresara porque como que ya era mucho estar lejos de la finca. Me conseguí un guía de turismo que estaba hecho un mango. Y creo que le debo haber gustado porque me sonreía a cada rato. Pero Florencia es una ciudad muy triste. Se ve como amarillenta, como vieja. Y está llena de museos. A mí los museos me aburren, una pintura detrás de la otra, y como que se cansan los pies.

El que me gustó fue el David, grandote y galán. Ese sí que me lo hubiera traído a Guate. Si no fuera de mármol. Me tuve que conformar con los adornos que compré en Venecia, y una estatuita como el David. ¿Usté ha viajado a Venecia, chula? me preguntó.

Con flema británica le respondí que el doctor me tiene prohibido viajar. Pobrecita, fue su comentario. Pero debería ir a Houston, al centro médico de allá, tal vez otro doctor le dice otra cosa. Y de paso, se va a Miami, allí sí que se goza, chula. Hay un mall que uno no puede terminar de conocerlo en un día. Ni en tres días, siquiera.

Y como no le hice caso se volvió con la pedicurista. ¿Y usté que conoce, chula? Y la pobre niña se puso roja, roja, como si tuviera una fiebre altísima y solo logró decir Antigua antes de levantarse para ir a secarse las lágrimas a la habitación vecina.

4 Comments:

Blogger la-filistea said...

Ana, qué bueno que esté de vuelta, acabo de leer su libro "El fin de los mitos y los sueños". Me lo disfruté y ahora es como mi manual. Gracias por la lectura que me regaló.

Y bué, sobre el salón de belleza a la vieja le queda bien aquel refran..
Aunque el sapo se vista de seda, sapo se queda..

12:12 p. m.  
Blogger Vulcano said...

Es igual en todos los salones de belleza, siempre hay una vieja de esas, pero bueno, todo el mundo tiene su publiquito, si no, no hubiera revistas como Hola y no hubiesen libros como los de Marguerite Yourcenarf, for example.

Vulcano.

5:26 p. m.  
Blogger Luis Pedro said...

:D

10:23 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Jajajajja, excelente!!! Que buena descripción de lo que se vive en esos salones. Esa Sra., la de las garras irremediables la he visto muchas veces y como a mi me cuesta contestar esas preguntas lo que he hecho es ser una especie de ermitaña. No pertenezco ni a tes, ni a reuniones, realmente mi mundo es mi mundo,limitado a ver y escuchar animales, música, ejercitar mis manos y leer un poco.
Usted tiene el don de colocarnos con sus letras en ese lugar, en ese sillón, escuchando secadoras, oliendo el pigmento , el decolorante y la acetona, de ver esas mujeres que aparecen en fotografías en las sociales.
Saludos, ojalá siga deleitandonos con muchas columnas.
Maria F

10:10 a. m.  

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