jueves, octubre 26, 2006

Sobre la libertad

En el año de 1977 trabajaba yo para el diario El Gráfico en el periódico de la tarde que llevaba justamente ese nombre: La Tarde. Allí no se trabajaba por cuartilla sino por resma porque habíamos pocos reporteros para La Tarde y había que llenar sus páginas.

Mis fuentes de información estaban en el Palacio Nacional, donde se encontraban los despachos del presidente y de todos sus ministros y sus respectivas cortes. El vicepresidente despachaba afuera del palacio. Las del palacio de gobierno casi siempre fueron mis fuentes, y los corredores y las oficinas forradas en madera tallada del Guacamolón me son muy conocidos. También puedo evocar con nitidez los surtidores de agua de azulejos de sus patios, que solían murmurar todo el día.

Apoyados en las barandas del segundo y el tercer piso esperamos muchas veces noticias de poca monta o sensacionales, y recuerdo con afecto esos plantones en compañía de otros reporteros. Mi vida de periodista ha sido plena, y el calor humano de mis colegas me ha tocado siempre. Fue un ancla a la que aferrarse en aquellas épocas sembradas de terror y de muerte.

Por razones que no vienen al caso, Jorge Carpio, director de El Gráfico y La Tarde salió de mala manera de la Asociación de Periodistas de Guatemala, la única entidad de prensa nacional que existía en ese momento. Jorge era mi amigo desde la época en que enamoraba a su esposa, Marta Elena Arrivillaga, varios años atrás. Jorge tenía grandes ambiciones políticas que lo llevaron a arruinar sus propios periódicos y por las que años más tarde, en un incidente muy confuso, fue asesinado en las cercanías de Chichicastenango.

Pero en 1977 Jorge todavía no se percataba de la equivocación que estaba cometiendo y, en un arranque de despotismo, exigió que todos los que trabajábamos en sus empresas dejáramos la APG y nos uniéramos a una entidad un tanto heterogénea que fundó en compañía de otros periodistas alejados de la APG en diversas circunstancias.

Yo, que había puesto mis pies en la casa que alberga a la APG desde los diez años, y que continúo perteneciendo a la asociación hasta este día, hice caso omiso de aquellos requerimientos del director. La fidelidad es tal vez una de mis características más acusadas. Y ella, sin duda, me salvó de morir en los años siguientes. Pero eso es un enano de otro cuento.

Lo cierto es que a finales del año, Jorge aprovechó la fiesta de las vísperas de Navidad y Año Nuevo para anunciar un aumento general de salarios. Y tras el besamanos de rigor, se dirigió a su despacho no sin antes invitarme a seguirlo. Ya sentado ante su escritorio puso cara de aflicción. Yo era la que menos tiempo tenía de trabajar en sus dominios y como la empresa estaba pasando por dificultades económicas, no tenía otro remedio que suprimir mi plaza.

Ahora no recuerdo si al salir me sentí triste o aliviada. Pero siempre he sabido que la libertad tiene un costo que no todos están en condiciones de pagar.

2 Comments:

Blogger Lu! said...

me gusta leer este blog, me gusta la manera de narrar tus historias, me gusta lo que haces...

ahora si se cumple eso de "cuando sea grande quiero ser como tu"


saluditos Ana María.

9:54 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Hola Ana Maria, definitivamente la Libertad es la que nos da el poder de tomar la decición que queramos frente a x situación y los resultados de dicha dicición sean buenos o malos recaeran solo en uno.

8:27 p. m.  

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